Últimamente no paro de tener la misma
pesadilla noche tras noche.
Sueño que estoy en mitad de un paraje
árido, sin vida; todo es de color blanco, tanto el cielo cómo la arena que
cubre el suelo agrietado que hay bajo mis pies descalzos.
Empiezo a andar, pero parece que nunca
llego a donde quiera llegar, parece que el paisaje árido nunca termina.
De repente veo una silueta, una sombra de
un personaje desconocido. Corro hacia él pero no lo alcanzo; cada vez está más
lejos. Pero para mí sorpresa esta vez, al contrario que en noches anteriores,
el personaje no se movía, ni se alejaba; es más, me esperaba.
Empecé a acercarme, pero conforme lo
hacía, unos sollozos y lamentos sonaban con cada paso que daba. No entiendo el
por qué de esos llantos. Parecía que me seguían; cada vez el sonido era más
ensordecedor, me provocaba estremecimiento y terror, los músculos se me
agarrotaban y terminaba paralizándome. Pero cuando continuaba la marcha hacia a
aquella extraña sombra volvían a aparecer. Esta vez decidí seguir, intentando
ignorar mis miedos y alcanzar a mi personaje desconocido.
Cuando estaba a tan sólo un paso la tierra se
abrió bajo mis pies, los sollozos se oyeron claros y podía distinguir las
palabras que salían de las paredes: nombres, palabras extrañas en otro idioma y
gritos ahogados. Caía en un pozo sin fondo, sin saber a dónde llegaría. Hasta
que al fin aterricé en mi cama, empapada en sudor y lágrimas, destapada
completamente.
Me incorporo, aliviada de que la
pesadilla ha terminado. Abro los ojos y pego un grito; el corazón se me encoje
al ver que los fantasmas de mis sueños, las autoras de esas voces y esos
llantos, se encuentran a los pies de mi cama, mirándome con los ojos
ensangrentados y sus vestidos blancos embarrados; alargando sus extremidades
para intentar atraparme y llevarme con ellas al mundo del Hades.
En ese instante la puerta de mi habitación se abre
y las tres hermanas morenas y demacradas se esfuman, como si nunca hubieran
existido, hasta que mis ojos se cierren de nuevo.

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